Panchito y Tania Eulalia: reconocimientos generacionales

A Panchito y los tíos Martínez-Pérez con cariño…

dsc01261.jpgPasaron 15 años para que Tania Eulalia volviera a casa, a su querida Oaxaca, al reencuentro y al reconocimiento con los suyos, con su tierra, con sus padres, con su familia. Pareciera que estos recuentros se han vuelto parte de la historia de su familia, sus padres en un momento también tuvieron los suyos y seguramente las siguientes generaciones también los tendrán…

Podría ser extraño, pero en el 2016 Tania Eulalia no conducía un vehículo. Cuando era niña pocas personas tenían vehículo en su pueblo y pocas eran las mujeres que podrían conducir uno ya que “era una actividad para hombres” según sus memorias de infancia. Este año, Tania Eulalia haría trabajo de campo en algunas comunidades Oaxaqueñas y estaría obligada a conducir un vehículo para poder entrar a varias de ellas ya que el transporte público no es el mejor. Aunque Tania Eulalia tomó varios cursos de manejo, no fue hasta este año que realmente tuvo que tomar uno y meterse a la Sierra Oaxaqueña.

Habían pasado muchos años sin que Tania Eulalia se acercara mucho a papá por diferentes circunstancias, la vida es sabia y acomoda todo a su tiempo, este era el momento de reencontrarse con papá, mamá y sus hermanas de una manera diferente. ¿Alguna vez de ha pasado que te mudas a un lugar o dejas de frecuentar a los tuyos, pasa mucho tiempo y cuando vuelves a casa o con tus amigos, las cosas son diferentes? Algo así… era una sensación extraña.

Panchito vivía en la memoria de Tania Eulalia de diferentes maneras. Pachito es el nombre que Tania Eulalia le dio a su padre, aludiendo a que siempre ha sido un hombre curioso y “travieso”, por “saciar esa curiosidad” no siempre ha terminado de la mejor manera. De niña, Panchito era para Tania Eulalia la persona que ella más admiraba, en sus vagos recuerdos fue quién cultivó en ella esa curiosidad inmensa por explorar el mundo, a pesar de haber sido educado como un “macho hecho y derecho”, con Tania Eulalia siempre tuvo una actitud confusa, algunas veces parecía que Tania Eulalia era solo una “mujer más” y muchas otras “una niña que tenía todo el potencial y la capacidad de hacer lo que ella quisiera”. Panchito le enseñó a leer, a multiplicar, a jugar ajedrez, a explotar esa curiosidad por entender cómo funcionan las cosas. De adolescente, Panchito fue quién más le rompió el corazón y con quién Tania Eulalia comenzó a cultivar su rebeldía de género, en contra de estereotipos y se prometió que ella buscaría una vida diferente, se prometió que “imposible” no era una palabra que debía adoptar antes de intentar, que trabajaría arduamente para conseguir sus sueños. Panchito siempre quiso tener un hijo barón, pero para su fortuna tuvo solamente hijas. Tania Eulalia por muchos años cuestionó la forma en que vivió con su padre, lo respetaba y quería, pero no aceptaba muchas cosas como la violencia de género, el machismo y el alcoholismo que tendían a naturalizarse. Las veces que se reencontraban muchos años después, las charlas debían ser entorno a lo que habían leído, visto, etcétera, muy poco sobre su relación padre-hija.

En el 2016 cuando Tania Eulalia volvió a Oaxaca, Panchito abrió su corazón. Panchito le dijo a Tania Eulalia “Yo sé que lo digo muy poco, pero siempre me preocupo por ustedes aunque hablamos muy poco. Si quieres, yo te puedo acompañar a campo en lo que te acostumbras a la carretera y al carro, no puedo hacer mucho, pero te puedo acompañar en la carretera, puedo ser tu copiloto”. Y aunque los dos decían que tenían un legado “Martínez” muy fuerte en sus personalidades y que esto podría ser complicado, Tania Eulalia apreció el gesto aceptó feliz la ayuda de su padre. Era una oportunidad para reconocerse después de tantos años. Estas horas de carretera en la Sierra le enseñaron que papá era un ser humano y no por justificarlo, pero que también tuvo una vida difícil y admirable que valía la pena reflexionar.

Comenzaremos con la historia de Martín de Tamazulápam, el padre de Panchito, quién perdió a sus padres de niño y tuvo que mudarse a otro pueblo. Por diversas circunstancias, Martín soñó con volver a su pueblo huyendo un poco del maltrato que vivía. Regresó a Tamazulápam como jornalero con una familia. Esta familia tenía una hija guapa y linda llamada Eulalia, la madre de Panchito. Aunque los papás de Eulalia tenían tierras, cuando Martín pidió la mano de Eulalia, la condición para que Eulalia pudiera casarse era que ella se fuera sin ninguna herencia o tierra, era mujer, “la herencia” era un derecho para los varones que eran los responsables del hogar según las tradiciones.

Así, Martín y Eulalia comenzaron una familia enorme, trabajaron mucho y arduamente para comprarse unas tierras y entre más hijos tuvieran, más mano de obra había para el campo y podrían prosperar más. Una de las primeras escuelas en la región Mixe, surgió en el pueblo de Panchito y aunque él y algunos de sus hermanos querían ir a la escuela, Martín les decía en Mixe cuando alguno expresaba este deseo “¿Acaso comes papeles?” prohibiéndoles pensar en esa posibilidad. Tres hermanos de Panchito escaparon a otro pueblo para ir a la escuela y Panchito no tardó en seguir los pasos, estos hermanos Martínez-Pérez eran unos “tercos” y persistentes.

Panchito contaba que caminaban uno o dos días para llegar de Guelatao, el pueblo de Benito Juárez, para poder ir a la escuela. Panchito decía que una señora le daba un techo a él y otros niños que como el viajaban horas y kilómetros para ejercer “su derecho a educación”. Aquí recibían un techo, pero debían contribuir a sostener la casa, ayudando a arar la tierra, ordeñando o pastando vacas, haciendo pan. Esta señora era muy buena persona, así varios niños como Panchito fueron a la escuela. Pocas veces iban a su pueblo, era una larga caminata y difícil. Cuando Panchito iba a su pueblo, su madre, la abuela Eulalia, le daba unos pesos a escondidas para comprarse algún dulce en el camino, si el abuelo se enteraba, la abuela “recibiría una tunda”. Visitaban poco a la abuela, pero procuraban ir cuando podían.

Panchito describía que su infancia fue solitaria y difícil, él estaba empecinado con que debía ir a la escuela y eso lo movía a hacer esas caminatas largas. Así como su historia, están la de muchos otros niños que fueron muy persistentes para construirse algo.

En el 2016 que Panchito y su hija Tania Eulalia recorrían la Sierra Juárez (Guelatao pertenece a la Sierra Juárez y Tania Eulalia realizó parte de su trabajo de campo aquí), Panchito sonreía y ponía nombres a cada pueblo o rincón reconociendo esos lugares, decía que siempre gritaba al norte “Mamá ¿Dónde estás?, te extraño” y hasta estos viajes se dio cuenta que quizá gritaba al sur (ahora que hay mapas ubicó hacia dónde gritaba y si, era hacia el sur) y decía “Quizá por eso no me oía mi mamá” y los dos sonreían. Panchito tenía un brillo en su cara cuando llegaban a Guelatao, ponía nombres a cada cara, apellidos a cada casa y cuando Tania Eulalia iba a hacer sus entrevistas de campo, Panchito aprovechaba en saludar a sus viejos amigos de infancia y tenía un rostro irreconocible, se convertía en una persona expresiva, sensible, alguien diferente.

Panchito entre todo con su tenacidad hizo la secundaria, fue chofer de la SEP y después se hizo maestro de educación indígena. Muchos años después, ya siendo padre fue a la Universidad por primera vez en la Ciudad de México y siempre que invitaba a otros maestros que compartían una historia similar a la de él y su esposa, agarraba su guitarra y cantaba por horas con el corazón lleno de emoción. Estas memorias de nostalgia también se volvieron parte de la historia de Tania Eulalia.

En este viaje en la Sierra, Tania Eulalia descubrió que Panchito le tenía miedo a las alturas, cuando manejaban en la sierra y había un barranco muy profundo, Panchito cerraba los ojos evitando ver la profundidad, Panchito sobrevivió a varios accidentes automovilisticos en la Sierra pero definitivamente dejaron marcada su vida. Tania Eulalia jamás hubiera imaginado eso, Panchito siempre se mostró sin miedo a nada, sin emociones y estas horas en carretera le enseñaron a Eulalia que Panchito antes de ser padre, también era un ser humano, ambos saben lo que es caminar solo en busca de tus sueños, que otros tomen tus manos y te ayuden, un sentir que tal vez es común entre generaciones y que pocas veces valoramos. Y tú, ¿Alguna vez has tenido un reconocimiento como Panchito y Eulalia?

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¿Alguna vez te has perdido? ¡Yo sí, entre canales y borregos!

Diciembre, 2013

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Llevo tres semanas en Holanda, aquí aprendí a andar en bicicleta. La gente se sorprende cuando digo que no se andar bien en bicicleta y es cierto. En mi pueblo solo tenemos montañas, entonces la bicicleteada no es algo fácil. Por otro lado, cuando era niña, tener una bicicleta era un privilegio.

Cuando me mudé a Holanda, sabiendo que el invierno es crudo, pensé en vivir lo más cerca posible de la Universidad (vivo en un barrio junto a la Universidad) porque si andar en bici no resultaba fácil para mí, esperaba que caminar no fuera eterno en el invierno.

Yo soy una persona muy bajita de estatura pero mi bicicleta es muy alta que no logro alcanzar el suelo cada que me siento en ella. Así, para bajar o subir de ella siempre tengo que dar un brinquito. Mi bicicleta se llama Tatiana y es una buena bicicleta con la que he tenido muchas aventuras.

Cuando compré a Tatiana con trabajo mantenía el equilibrio sobre ella, pero era una buena bicicleta por lo que decidí agarrarla pese a su altura y que si aprendía a usarla bien, sería buena para largos caminos.

Mi primer viaje largo en bicicleta fue desde mi casa en Wageningen a otra ciudad llamada Ede, a 9 km. Este viaje estuvo lleno de aventuras, Jatziri, mi querida amiga, era mi guía y protectora, pedaleó a la misma velocidad que yo aunque ella era muy buena andando en bici. Les contaré que nos hicimos como 50 minutos de camino cuando normalmente te toma 30. ¿Qué aventuras?: 1) Me salí del carril de las bicis accidentalmente y me metí al de los carros pero pude “regresar a mi carril” sin que me atropellaran; 2) también me estrellé contra un semáforo al no poder controlar bien la dirección por la “velocidad” que llevaba y tener que dar vuelta a la derecha y; 3) Me caí una segunda vez por no controlar mi velocidad y saber girar en una curva, quedé a pocos centímetros de un canal, tuve que brincar de la bicicleta y soltarla de lo contrario nos hubiera tocado baño. En fin, caí sobre el pasto y mi bicicleta se detuvo a unos centímetros. Las dos sanas y salvas.

Hoy, pensando en que no la he pasado tan mal al andar en bicicleta, me arriesgué a moverme sola en el pueblo, necesitaba una silla para mi cuarto y una compañera vendía una en un lugar llamado Haarweg. Tomé mi desayuno a las 8:00 am para partir a las 9:30 am porque la compañera que me vendería la silla me esperaba a las 10:00 am. Según mi gps, me tomaría 15 minutos llegar a mi destino en bicicleta. Pensé que con mi velocidad sería algo como 25 minutos. Activé el gps y emprendí camino. Sin estar yo bien orientada, el gps indicaba que estaba cerca de mi destino pero sentí que pedaleaba y pedaleaba sin llegar dónde debía. Pregunté a una señora la ruta sin tener idea de dónde estaba y me dijo “doble a la derecha y siga derecho” y eso hice. Mi sorpresa después de varios minutos pedaleando fue que me sentía perdida, solo veía un camino vacío y campos a mi alrededor. Revisé el gps y decía “su destino está a 300 m” y después de 5 minutos seguía indicando que pronto llegaría. ¿Y qué creen? Estaba perdida. El gps seguía indicando “su destino está a 300 m”.

En un momento comencé a agobiarme, yo estaba entre borregos, canales y campos de cultivo. ¿Por qué no volver por el mismo camino? Bueno, soy mala orientándome y literal, no tenía idea de donde estaba. Hacía frío y no veía casas ni nada, me espanté, temía que pronto lloviera, mi gps no agarraba más y mi celular tenía la batería baja. En un momento oí sonidos de carros transitar a lo lejos y seguí el ruido. Pedalee como 2 kilómetros hasta llegar a un puesto/taller y una carretera grande, me daba pena preguntar pero pensé que si no lo hacía podría perderme más. Así, le pregunté a un señor si me podía ayudar diciéndome como volver a Wageningen porque me había perdido y me dijo- “Sigue 4 km derecho sobre la carretera, llegarás a un pueblo llamado Rhenem y de ahí sigue los señalamientos a tu pueblo”. Llegué a Rhenen y vi los señalamientos a Wageningen y autobuses con esa ruta, así seguí los señalamientos y los autobuses.

Después de 4 horas logré volver a casa con mi silla montada en la bicicleta a un paso muy lento pero seguro y sin que la lluvia me alcanzara. Me tomé un buen cafecito caliente y descansé plácidamente. Este tipo de experiencias se viven cuando uno se aventura a conocer otros sitios, creo que como experiencia valen la pena. ¿y tú, te has perdido en algún lugar nuevo ya sea en tu país o fuera de él?

Pueblo de Piedra

Autor: E Adair Z V

Fb: @EAdairZV

Twitter: @adairzv

a la Banda Chapinguera,

a la UACh

– Así es. Cuando se nos fue el muchacho, ya sabíamos que no se iba a volver pa’la casa. Acá no tiene nada a que volver. ¿Pa’ qué? Si viera todo lo que nos costó que se pudiera ir, el esfuerzo de juntar los pesitos de los camiones, de que estuviera a tiempo para el examen, desayunadote allá en la ciudad capital. ¡No, si allá está bien! ¡Ya lo sabe el escuincle! ¡Por la Cruz, mire, ese no regresa! Lo bueno es que tiene estrella que lo cuide al muchacho. Ha de ser porque su madrina es devota de los Santos y siempre les lleva sus veladoras en las procesiones del pueblo, toda envuelta en plegarias. De buenas se quedó en la escuela esa a la quería irse. Apareció ahí su nombre en la lista del periódico, pero fue como si nomas estuviera él, como si su sólo nombre llenara toda la página. Hasta viajo un día para amanecerse allá y comprar el mentado diario y que no se fueran a acabar. Hubiera visto usted al niño con el periódico doblado bajo el brazo casi una semana, como si no se lo creyera. Tan orgulloso cuando le preguntaban sus primos si era cierto que se iba del pueblo. Y así era. Yo no le dije nada, no había derecho, para mí no era esa suerte. Es cosa pa’ él, nomas. En estas tierras, si se le da permiso, el diablo te juega chueco. ¿Qué tal que no lo volviera a hallar su nombre en el papel, borrado sin ninguna explicación?, ¿Entonces que hubiéramos hecho? Cosas así le arruinan a uno todos los días que le sobran, amargan el corazón. Y si no me cree, pregúntele a cualquiera que pase. En pueblo como éste es así. Salud.

– Pero el esfuerzo es suyo, hay que decirlo derecho. Llegando de la faena agarraba nuevamente monte con todo y libros, aunque fuera tarde. Andaba por allá rezando quién sabe qué tanta cosa, asustando a las cornejas. Por suerte el pueblo es tranquilo y todos se conocen, así que le echaban ojo al crío cuando se regresaba de noche. Le digo que tiene buena estrella. Quién sabe qué tanto le habrá sufrido allá a solas con el cerro, la ciencia y Dios. Eso pregúnteselo a él. De mi parte no le echo mentiras. Por eso tengo que confesarme con usted. No es que uno sea desconfiado de su propia carne, pero hay que decirlo también como se le ocurre a uno, derecho pues: me apenaba mucho verlo así todos los días casi sabiendo que no iba a servirle para nada tanta desvelada. Si el escuincle no es tonto, no se confunda, pero nuestra vida es así. La vida acá es muy simple. Se nace de la tierra, se trabaja en la tierra, y se espera que la tierra lo cubra a uno. Si se sueña mucho se puede morir durmiendo. Hay que buscarse una buena mujer, buena para los hijos y obediente, y saber cómo se agarran las herramientas. También hay que saber leer las nubes y conocer los granos que dan buena cosecha. Acá no falta la comida, por más humilde que le pueda parecer. Eso es lo que importa. Por eso no me disculpo de haber pensado que no se le iba a cumplir su sueño. Es la costumbre. Ya se le puede hablar como a un machito, y lo sabrá cuando no le preocupe la hambre. Eso me decía mi abuelo, montado en la yegua: para ser hombre no se debe tener el estómago hueco. Y a veces el hambre no viene del estómago.

– La que más le lloró fue la Jacinta, la chiquita. Con lo que adora a su hermano. Si le digo que se le colgaba a las ropas no es exageración. La arrastraba por toda la cocina, chille y chille como si fuera su cría. Tan desconsolada la pobre. Como aún es muy joven no piensa en cosas de mujeres, se la pasa cuidando de los animalito del patio, pendiente de lo que hacen sus hermanos. Ella es la que más fuerte sintió el chingadazo cuando todos supimos que se iba pa’l Centro, a estudiar la ciencia. Nomas peló los ojos. Se arrimaba a las esquinas para que no le viéramos la cara llena de lágrimas. Lo quiere mucho. Ella es la única que cree que se va a volver cuando acabe sus estudios. Incluso reza para que le vaya bien de camino acá. Los demás la escuchamos sin decirle nada. ¿Pa’ qué? Esa es su ilusión. La mantiene entretenida en estas tierras sin nada más que piedras y trabajo. Algún día encontrará hombre y se le ira olvidando. En la de mientras se pasea por el camino recogiendo piedritas para aventarle a los cuervos. Le sufrió más que su propia madre; si la hubiera visto usted. A mí no me dicen nada de eso porque soy hombre, pero clarito me doy cuenta de todo.

– Permita que le dé otro trago al mezcal que se me mete la tierra en la boca. Le digo que así es como termina uno, con tierra por dentro y fuera, pura tierra, la misma de los zapatos y de las raíces. Le decía que mi mujer tiene un carácter fuerte, muy brioso. Es callada, trabajadora, y por eso parece que no hace nada. Pero hay que tenerle cuidado. De repente se le prende la mirada con una idea y ya no la suelta. Eso sí, el coraje le dura mucho tiempo. Y es lo mismo con sus convicciones. Yo sé que se me moría en los brazos cuando el mentado escuincle le llegó con la noticia de que se iba de la casa, pero verá usted como son las mujeres, que no le dijo nada. Asintió con la mirada y se fue pa’la cocina diciendo: háblale a tus hermanos, vamos a merendar. Esa vez yo me sentía liviano, liviano, como si no estuviera yo ahí o cuando uno se levanta de golpe. Todos la veíamos atizando los leños de la cocina como si fuera cualquier día, golpeando las cazuelas con las cucharas de madera, ignorando hasta las llamas que le acariciaban las endurecidas manos, y le sacamos a decir cualquier frase. Mejor nos metíamos el taco de frijoles de un sólo bocado a la trompa. No se nos fuera a venir encima la casa por andar de lenguas sueltas. Con todo el amor que tenía en su pecho le dio la bendición de la cruz con sus manos de santa, le ajusto el rosario de su propia madre al cuello del escuincle, y lo dejo ir. Saque usted sus conclusiones si gusta. Salud.

– Mire usted, le dije que sólo le iba a pegar un trago y ya va la botella a la mitad. Se va a tener que ajustar con mi mujer, y no diga que no le advertí que no es cosa sencilla. La verdad es que el día ha estado muy bueno para pegar trago, tranquilo y calientito, sin vientos. No ha sido cosa mía sino de usted que vino haciendo preguntas. Acá siempre hace mucho calor porque está muy seco. La tierra esta apretada y polvorienta. Dicen los padres de nuestros padres que el hombre está hecho de lodo, del mismo lodo que se hace en las manos cuando llueve. Pero aquí nos falta el agua. No, los hombres de este pueblo están hechos de polvo, del mismo que se le ha pegado a las botas. Hasta los huesos son de ese polvo gris, como si tuviera la ceniza de todas las tortillas que han echado las mujeres desde siempre; se aplasta tanto que se hace duro, por eso los hombres de aquí tienen la carne agarrada como el tepetate, como de piedra. La vida no nos ha sonreído pero eso no nos amarga. Para eso se crearon las canciones que se sabe mi mujer y el aguardiente. Los críos son una alegría pasajera. Con la intempestividad que lloran al nacer es con la que se marchan a hacer sus vidas. Eso lo saben todos los que juntan familia. Es ley de Dios.

– Le decía que el chamaco ha estado fuera poco más de tres años. Es muy pesado venir para acá porque el camino está lleno de piedras y se cierran los pasos por el culebrear de la sierra. Por eso entiendo que cada vez se dilatan más sus visitas. El mundo que hay allá afuera nos es ajeno a nosotros y a nuestras piedras. Hasta la iglesia está fundada sobre las rocas de esta tierra, labrada sobre ellas. El eco de las palabras del señor cura se impregna de esa soledad cuando sale a darles la bendición a los niños del catecismo todas las mañanas. Eso es lo que tenemos, nuestras tradiciones. Las piedras están hasta en el nombre del pueblo, Pueblo de Piedra. Ni el Santísimo Rey de los Cielos puede escapar de este sitio, clavado el pobre en su cruz de palo de rosa. Por eso me da gusto que el chamaco se haya largado. Dice su madrina que desde pequeño se le veía en las pupilas que no iba a ser enterrado bajo de estas piedras que le escucharon llorar por primera vez. Yo no entiendo de lo que le dice a mi mujer, así que me salgo a fumar a dónde están las gallinas. En los ojos se ve puro cansancio. Eso es lo que sé yo.

– Así es con esto de los chamacos. Se aprende mucho aunque se hable poco. Mi padre cruzó muy poca palabra conmigo, así como mi abuelo lo hizo con él. No hay que hablar demás. Lo que se dice tiene que ser importante. No hay que desperdiciar el aliento. A las mujeres les sobra el aire en los pulmones, pero eso es porque no andan trabajando las tierras de los cerros de allá, los más lejanos. El trabajo de estas tierras no le ámpula a uno las manos, le ámpula la lengua por la resequedad y las sales. Los hombres se comunican con gestos. Nos conocemos entre todos, de modo que no tenemos mucho de qué hablar. Y los críos lo entienden pronto. Así es con esto de los chamacos. Salud. Cuando llego a cenar, me gusta la voz de mi mujer. Ella habla lo que yo no digo. Me conoce tanto que me lee las arrugas del rostro. Le decía que los chamacos siempre se traen algo entre manos. Uno lo reconoce hasta por la manera en que caminan para apartarse de la vereda. Cuando se es tan joven se siente uno muy cabrón, y cree que puede engañar a los viejitos. Pero uno aprende con el tiempo, cambia la dirección del camino y ya se viene de regreso. Si el licor no te mata te vuelve más sabio. Eso me lo dijo mi padre. Los jóvenes no se pueden quedar quietos o sienten que se les escapa el alma de perderse cualquier cosa. La inquietud les corre por la sangre como el cauce de un río. Sepa usted a dónde va uno a sacar esas ocurrencias de escuincle que se le dan a uno. Aparecen de pronto en la cabeza y ya no se les puede sacar. Mire usted al mayorcito, al que está trabajando por allá. No descansó hasta que no se llevó a la que ahora es su esposa pa’l monte con él. Ya después estaba dispuesto a entregarse quesque por amor para arreglar las cosas con su suegro. Sólo Dios sabe por qué no le metieron un balazo en el monte. Ahora tiene sus chamacos propios. Y que me perdone mi madre pero ya está pagando todas las que me debía.

– Cuando la noche es demasiado larga se escucha el ruido de los animales del campo. Suena como si uno los tuviera en los oídos. Entonces me pongo a platicar con mi mujer. No sé qué es lo que tiene la noche para hacer que las pláticas de alcoba sean más honestas. Nada se interpone entre lo que ambos queremos decir. Cuando ella supo que su hijo estaba decidido a marcharse no le quedó más remedio que apoyarlo para que lo hiciera. Organizó su ropa y le preparó la comida del viaje. Todo lo llevó a la sacristía del pueblo a que se lo bendijera el señor cura, incluyendo unos listones de colores que bordó por dentro a sus trapos. Yo escuché lo que no pudo decirle a su cría. Por eso no se me olvida. Tenía miedo de que si se mostraba débil el niño se iba a rajar, y que la yunta del arado lo estrangularía. Tenía miedo de que dentro de algunos años se levantara y fuera al cerro a recoger leña y decidiera colgarse en el primer árbol que no dejara que se hendiera en el filo del hacha, como le paso a uno de los primos de mi mujer. Acá esa clase de cosas ocurre seguido. La gente sale a cierta hora y regresa siendo una persona distinta. Las madres primerizas corretean a sus niños para que no se les salgan del corral, no les vaya a pasar una desgracia. Uno nunca sabe a dónde pueden llevar los empedrados del pueblo. Una vez vinieron hombres del gobierno a revisar la tenencia de la tierra, y aprovecharon para pegar papeles en la comisaria ejidal. El escuincle estudiaba la secundaría en un poblado cercano como a una hora y media de viaje. Yo creo que fue en esos papeles que dejaron que leyó sobre esa escuela. No puedo saberlo, a mí no me tocó que me enseñaran eso de las letras, y que jamás le pregunte. Le digo que estas calles lo esperan a uno para cambiarlo.

– El niño ya no es el mismo. La ciudad lo ha cambiado. Su madre me lo ha dicho: mi hijo está como diferente. Pero no importa, nos gusta que esté con nosotros de visita. Algunas cosas que solía hacer de chico parece que se le han olvidado. No se acuerda que nosotros si lo conocimos desde antes, y que siempre va a ser el mismito cuando llegue a su casa. Nos cuenta de los sitios a donde ha viajado y de las personas que ha conocido. Parecen buenos pensamientos. Yo lo escucho con atención pero la verdad no le agarro el hilo de muchas de sus historias; habla de tantas cosas y tan rápido que no sé cómo le alcanza la cabeza para todo. Cuando habla del trabajo de la tierra eso si lo entiendo, yo me crié desde morrito trabajando el campo, pero se le olvida que allá en su escuela no es como acá, que nosotros no sabemos nada de lo que dicen que hay que hacer. A nosotros nadie nos ha venido a enseñar. De la manera en que lo aprendieron los mayores, así también aprendimos el oficio nosotros. Si uno no trabaja la tierra no tiene nada para llenar la panza. Entonces uno es un vago, y se va muriendo pidiendo limosna. Eso es lo que siempre hemos sabido acá, y es lo que mantiene vivo el pueblo. A lo mejor allá afuera es diferente, lo bueno es que nos queda lejos.

– El chamaco ya está haciendo su vida por allá. Imagínese, solo, no hay quién lo gobierne; fuera yo andaría tras las muchachonas, baile y baile, lejos de esta tristeza. Hasta le dan su dinerito para que estudie la ciencia. Todo fuera tan fácil, pues. Un día de estos se va a encontrar una buena chica, se va a juntar con sus amigos, y poco a poco el polvo que aún tiene dentro del alma se le va a ir cayendo. Así es la vida. Por eso le agradezco a su madrina que le rece tanto al chamaco, y que le pida a Dios que no lo deje volver. Es mejor que se pierda en ese mundo de allá a que regrese a este sitio. Que me castigue el cielo si estoy echando habladas. Acá debería haber puro viejo como mi mujer y yo, que hablamos de lo mismo y vivimos lo mismo. Trabajaríamos y comeríamos como lo hacemos siempre, visitándonos con humildad y yendo a misa; nada de esas modas gringas que traen los chavos del otro lado. Sólo nosotros. Luego uno a uno nos iríamos enterrando. Y el último agarraría camino pa’l monte con un mecate. Los muchachos no tienen la culpa de que nosotros nos hayamos quedado en esta tierra dura. No se me asuste, son cosas que piensan los viejos de este pueblo. Pensar es lo que más se hace de viejo cuando se escucha la voz de la muerte en la garganta de los coyotes.

– Los jóvenes no quieren quedarse a trabajar el campo, dicen que sólo hay puro tepetate bajo las rocas. Dicen que así no se puede vivir, que no es justo. Yo hablo del hijo que conozco, el mío. Si quiere saber lo que piensan los demás vaya a preguntarles. La mayoría ya estamos acabados, se nos ha ido percudiendo la vida con el inclemente sol. Este pueblo es un refugio para ancianos, mujeres, y para perros flacos que cazan lagartijas más flacas todavía. Los demás se han ido a trabajar fuera. Muchos regresan porque no pueden irse. No lo saben bien, pero el polvo de estas calles les va guiando los pasos. Lo seguirán haciendo hasta que se cansen de volver, entonces ya estarán viejos como mi mujer y yo. Hasta la muerte sabe que así ocurre con nosotros. Por eso no tiene prisa en salir a alcanzarnos, sabe que vamos a volver lo andado. El que se fue es distinto, como decía su madrina. A él la muerte lo espera en otro lugar. Eso me da mucho gusto. No piense que soy desagradecido con nuestros padres, o con lo que me ha permitido tener la Providencia, pero ese chamaco es muy listo para terminar como yo. Me da orgullo que sea mi hijo, y que estudie la ciencia, y que sepa por qué la naturaleza es tan caprichuda en cada creatura y monte que hay en ella. Pero que no se vuelva aquí. Él ya no tiene nada en este pueblo. Ni su hermana, ni su madre, ni yo. ¡Que ni se le ocurra regresarse! Tanto esfuerzo para nada. Lo bueno es que ya lo sabe. Ya es un hombrecito, ha vivido mundo. No va a regresarse a las faldas de su madre a buscar cariño. Para eso están las muchachitas. Si uno se junta mucho con los que ya les ha pasado su tiempo se le pega la resignación y la cobardía. Por eso cuando viene en las vacaciones lo pongo a sufrir en la tierra. Hago oídos sordos a las quejas de su madre. Lo hago por su bien del escuincle, para que no le queden ganas de regresarse a la casa, al pueblo. ¡Que odie al pueblo, que me odie a mí, pero que no se vuelva pa’cá!

– Se nos va haciendo tarde. A mí mi mujer me espera con unas ricas habas. Ande, llévese una piedra de mi parcela de recuerdo. No vaya a ser que en vez de que usted se quede con un pedazo de este pueblo, sea la tierra que está debajo la que se quede con un pedazo de usted. El que se ha ido no va a volver. Eso siempre lo he sabido. Y me alegra. Una vez me dijo que nos extrañaba y que se iba a regresar sin terminar de estudiar apenas le dieran las vacaciones. Eso fue a los seis u ocho meses de que lo lleváramos hasta la ciudad. Cuando fui por él a la central del pueblo más cercano al que llegan los camiones de la capital luego luego de bajarse le di la mano y después una cachetada. Le dije que venía a trabajar la tierra y que luego se regresaba a seguir aprendiendo ciencia. No dijo nada. Yo creo que entendió lo que las palabras no estaban diciendo. Me dio mucha rabia que no viera llorar a su madre cuando se fue. Vera usted, así como todas las piedras que usted alcanza a ver sobre este campo medio muerto son casi iguales, así lo son los todos los demás pueblos; no hace falta visitarlos uno a uno. Le digo que es un chico brillante mi hijo. Quizás él también vaya un día a un pueblo como éste y platique con un viejo como yo. Y perdone que se lo diga, pero con una camioneta mejor que la suya. Entonces me absolverá todo, como si fueran pecados.

– Usted se va, nosotros nos quedamos. Cada día que amanece sabemos lo que hay que hacer: qué surco labrar, qué árboles pelar, cuándo afilar el azadón, todo. Después merendamos en el fresco, y charlamos. Recordamos en la noche, una vez que los grillos no nos dejan escuchar los pensamientos de los demás. Usted se va a marchar por la calle que lo trajo, arriba de su troka, y se va a olvidar de que estuvo aquí, y de mí. El polvo del pueblo se le va a caer de la cabeza como a mi hijo. Espero que tenga todos los datos que necesita para su trabajo. La piedra es para que no se olvide de mi niño. De lo demás no entiendo mucho. Los números aquí sirven para llevar cuenta de los días y de los precios del maíz, nomas. Ya sabe cómo trabajamos y cómo vivimos. Y ahora también conoce la historia de mi chamaco. Sus cosas modernas no se han usado por nadie que yo conozca. El que habla como usted lo hace es mi hijo, desde que se fue a la ciudad a estudiar. Ya ha de saber mucho, pero no importa. Acá no es algo que valga. Tampoco entiendo mucho lo que él dice. Qué revoluciones ni que progreso ni que modernidad. Sino no hay caminos para traer las máquinas ni dinero para comprar los químicos. Aquí el trabajo y la gente siempre han sido lo mismo. Eso es una tradición. Como la piedra tallada, sólo el tiempo nos desgasta. Y para nosotros no hay relojes que guarden tantas generaciones de padres e hijos que han habitado este lugar. Lo que sé lo he aprendido labrando estos surcos. Eso les enseñé a mis hijos. Cuando la tradición se rompa nadie va andar arando estas llanuras malagradecidas. El pueblo se va a vaciar. Será una cosa muerta. No va a ser muy distinto de cómo es ahora cuando ya no esté nadie. Más callado, más polvoso, más lento. Primero uno de mis hijos, luego los hijos de sus hermanos. La más chica no quiere que sus hijos nazcan en este lugar, dice que también va a estudiar; quiere que sean como su hermano. Yo no digo nada para que no se quieran estarse por cuidarnos. Nos quedaremos mi mujer y yo, a solas con las cruces de nuestras tumbas mirando pa’l monte donde nos conocimos.

Todavía me queda un trago de mezcal. Salud pues, señor Ingeniero.

Esperanza busca una esperanza

DSC00252Algún día en 1990 (Lejos de Tamazulápam)

Hoy amaneció lluvioso en este pueblo pero eso no detiene a los niños como yo de ir a la escuela. Este pueblo es muy organizado y con ayuda de los maestros han hecho una cocina de tablitas. Mi hora favorita es el recreo porque corremos al comedor a comer una sopa calientita, atole y tortillas hechas a mano. Las cocineras son varias señoras del pueblo, a mi me encanta su comida. Todos los niños de la escuela podemos comer aquí en el receso, nos sentamos en bancas pequeñas sin mesas pero somos felices de poder comer algo calientito. Como soy muy pequeña aún, los niños más grandes me ayudan a llegar a la cocina que se encuentra muy allá abajo y con la lluvia todo es resbaloso. Casi no vamos a mi pueblo, a Tamazulápam, porque está muy lejos, vivimos aquí casi todo el año, ya tengo muchos amigos y me encanta ir al río todas las mañanas.

Algún día en 1991 (Más cerca de Tamazulápam pero aún lejos…)

Son las 4 a.m. del día lunes, tenemos que levantarnos- “Hay que ir a trabajar” dice mamá, tenemos que correr porque si no nos dejará el camión (viajamos en una camioneta de legumbres que irá a un pueblo cercano a la plaza). Luego caminaremos una hora, lo bueno es que es de bajada, así no me canso, aprovecharé en saludar a mis dos amigos perros que siempre mueven la colita cuando pasamos en un casita a la orilla del camino, deberemos llevar lámparas, aún está oscuro…

Aquí no hay doctores, mami inyecta o cura a algunos niños que se enferman en el pueblo, la buscan mucho las personas. El Mixe que habla mi mami se parece más al Mixe que hablan en este pueblo porque su Mixe es diferente al que habla mi papá. Los niños vienen a visitarnos seguido a casa para jugar conmigo y mi hermana.

Ya estoy aprendiendo a leer, papá me ha regalado un libro y me encanta leerlo con mi hermana.

Unos días después…

Al fin es viernes!!!!  Es hora de ir a casa y ver a abuela, seguro ella nos espera con café junto al fogón, que emoción!!! Ohh no!!! No ha dejado de llover en días, debemos caminar hasta la entrada del pueblo, ahora es subida y eso no me gusta, me canso mucho.

Hemos caminado tres horas y por la lluvia los carros no han podido llegar al “crucero” dónde siempre tomamos el carro. Vamos en grupo con otros maestros y otros niños, ya me cansé, papá me subió a sus hombros para cargarme. Tengo miedo, está oscureciendo y no sé cuánto tardaremos caminando para encontrar un carro. Solo quiero llegar a casa, ponerme ropa calientita y dormir.

Algún día en 1996 y 1999 (Ahora si en Tamazulápam)

Vivimos en mi pueblo, mi hermana necesita libros para la escuela secundaria, fuimos a casa de mis primos mayores para conseguir un par, no hay librerías en el pueblo. Mi tía que es madre soltera, artesana y también trabaja la tierra. Mi tía con mucho esfuerzo juntó unos centavitos y compró los libros para mi primo. Ahora esos libros serán de mi hermana. Qué complicado esto de comprar libros, si a veces no hay para comer, ¿cómo habrá para comprar un libro?

Es 1999, LOS LIBROS AHORA SON GRATUITOS!!! Pensé que nunca sería posible. Mis papás dicen que los libros deben ser gratuitos, es parte de su lucha por años en el magisterio, gracias maestros y gente que lucharon por nuestros libros! Que alegría! Me encanta el olor de los libros, nos han dicho que debemos cuidarlos porque por ahora solo serán en calidad de prestamo, los heredaremos a la siguiente generación. Por lo pronto ya los forré para que el próximo niño tenga un libro cuidado el siguiente año.

Algún día en el 2001 (En Tamazulápam)

Luz es mi mejor amiga de clase, estamos en tercer año de secundaria. Ella viene de un ranchito a dos horas caminando de mi pueblo. En su pueblo no había secundaria, entonces se vino para mi pueblo. Ella vive solita y yo también (mis papás ya no quisieron llevarme con ellos a la comunidad dónde trabajan porque no hay secundaria). Luz ve a sus papás cada viernes (al igual que yo) cuando alegre corre para llegar a su pueblo con luz de día después de una larga caminata. Al terminar las clases comemos juntas para hacernos compañía un rato y a veces hacemos tareas juntas. Ya vamos a terminar la secundaria, su papá está enfermo, su mami es campesina, me ha dicho que tal vez se vaya al otro lado, ella es una niña que saca muchos dieces y es muy inteligente y buena persona, ella es muy estudiosa porque dice que debe corresponder al esfuerzo que hacen sus padres.

Hemos terminado la secundaria, yo me iré a Chapingo y ella se irá al otro lado porque dice que debe ayudar a sus padres y sus hermanitos.

Algún día en el 2007 (Cerca de Tamazulápam)

Mi mamá me ha pedido que la acompañe a su escuela, estoy de vacaciones y pensé que sería bueno ir. Son las 5:30 a.m. y es invierno (Cuanto tiempo sin hacer esto), debemos tomar un carro para llegar a la comunidad dónde trabaja, hace mucho frío. Sobre la carretera van tres pequeños niños con huaraches, un suéter delgado y una mochila que es casi de su tamaño. Se detiene la camioneta y les da un aventón… Estos niños van a la escuela a diario, si no hallan carro deberán caminar una hora para llegar en este frío invierno con su suéter delgado y calzando huaraches… Los niños están felices hablando en Mixe y dan gracias por el aventón que les dieron… Me dicen que ayudan a su papá en el campo al salir de la escuela.

Mi mami ahora trabaja en telesecundarias, cuando me dijo que utilizaba un televisor para enseñar niños, dije “Wow, que padre modelo”. ¿Pero que creen? A veces se va la luz en la escuela y no hay señal de televisión desde hace meses, entonces ya no es un modelo tan padre. Apenas van a hacer salones para ellos, ahora están en una casita sencilla de adobe en la agencia. La escuela no tiene sanitarios, apenas una pequeña letrina para los niños. Me da pesar ver una escuelita así, aún falta mucho por invertir en nuestra educación…

Algún día en el 2016 (En algún lugar escondido en las montañas Oaxaqueñas)

Estoy haciendo trabajo de campo de mi doctorado en Oaxaca en una comunidad a cinco horas de la ciudad de Oaxaca allá en las montañas. No hay señal de teléfono. La gente es muy buena. Aquí conocí a Esperanza. Ella es una niña Mixteca de 8 años, es mi guía en el pueblo, me enseña palabras en Mixteco, platica conmigo. Yo leo un libro y Esperanza se acerca, me dice que ella también tiene un libro y va por el… El libro de Esperanza son unas hojas viejas de un diccionario incompleto que me pide que le lea y explique. Su mamá no terminó la primaria, su papá sí y es campesino. Esperanza dice que irá al otro lado como sus tíos para hacer unos centavitos cuando sea grande porque ir a la escuela a otro lado estará difícil…

Esperanza tiene una amiguita, Soledad. Soledad vive con su tía que es campesina y artesana. Su tía habla poco español y no fue a la escuela. La mamá de Soledad se fue al otro lado para hacer unos centavitos. Soledad guarda una foto de su mamá para llevarla en la memoria desde hace dos años que se fue.

La mayoría de los niños al terminar la primaria o en algunos casos secundaria se van a otro lado a probar suerte, en muchos casos a Estados Unidos. Soledad sueña con ser grande para ir al otro lado y alcanzar a su mamá para no estar solita. Esperanza no imagina su vida lejos de casa, me pregunta si no extraño a mamá y papá y porque siempre ando solita. Soledad y Esperanza no tendrán que irse si generamos espacios adecuados para que ellas puedan seguir estudiando pero no sé si será posible… ¿Qué será de mis amiguitas? 

Continuará…

¿Y no extrañas a tu mamá?

Esta aventura como aprendiz de socióloga trae buenos momentos, entre ellos conocer gente linda como Sonia, mi amiguita de 7 años. La familia de Sonia me dio alojamiento unos días en una comunidad que visitaba. Sonia me mostraba su casa para que me sintiera cómoda y se quedó largo rato conmigo haciéndome compañía. Al caer la noche esto pasó:
Sonia: Tania ¿no extrañas a tus papás cuando estas solita? ¿No te da miedo andar solita?
Tania: Humm (pensativa, sin saber que decir) A veces…
(Llevo varios años viviendo sola y extrañamiento es algo confuso pero yo no podía decirle eso a mi amiguita…)
Sonia: No te preocupes (me ve con ternura y me agarra el brazo consolándome), yo te voy a prestar un osito de peluche para que no duermas solita, para que no tengas miedo y no extrañes a tu mamá, mi osito te hará compañía…
Sonia sale de la habitación y regresa unos minutos más tarde…
Sonia: Aquí está el osito (y se lo da a Tania), duermes con él y él te va a cuidar, vamos a hacerle una carta a tu mami para que vea que la quieres mucho y que la extrañas… ¿Te parece?
Tania: (Sin palabras…) Gracias, que linda…

Hicimos la carta y Sonia se encargó de ponerla en mi libro para que no la olvidara

Dentro de mí pensaba que es la primera carta que le hago a mi mamá desde que tenía la edad de Sonia…

A la mañana siguiente Sonia corrió a la habitación dónde dormía para saber si amanecí bien, y yo, sonrojada… Sonia me hizo el día…12661836_10153247367666218_4350027849263503770_n

“Ya sé como es Holanda” (La historia del rebozo de la abuela Eulalia)

Octubre de 2013.

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Cuando Tania Eulalia le dijo a la abuelita Eulalia que se iría a Holanda, la abuelita se preocupó porque no sabía que pasaría con su nieta en ese mundo nuevo y desconocido, para ella y su cosmovisión “Holanda es/era otro mundo distinto al suyo”

Abuelita Eulalia: Hija y sabes ¿Cómo es allá?, ¿Vas a tener que comer?, ¿Dónde vas a vivir? (La abuelita con cara de angustia, moviendo la cabeza como cuando algo la inquietaba y la dejaba pensativa)

Tania Eulalia: No abuelita pero no se preocupe, voy a estar bien, ya estoy preparándome para irme. Si hay que comer allá, dicen que es frío. Regreso en unas semanas a despedirme cuando ya esté a un par de días de irme.

Abuelita Eulalia: Está bien hija, te cuidas. Qué Dios te bendiga…

Tania confiaba en que estaría bien, sería su primera vez en Europa, seguro habría que comer, el problema real era si a Tania le gustaría la combinación de sabores y comida de allá. En fin, como buena viajera iba ya preparada mentalmente.

La fecha para irse había llegado, Tania fue al pueblito a despedirse de la abuela y a recibir su bendición. Cuando Tania llegó a la cocina de la abuela, como siempre, la abuela le ofreció una taza de café, un pan y comenzaron a platicar al calor del fogón. La sorpresa de Tania fue que la abuelita Eulalia ya había averiguado como era Holanda:

Abuelita Eulalia: Ya sé cómo es dónde irás, yo sé que vas a estar bien.

Tania Eulalia (sorprendida) “¿Cómo es abuelita?”.

Abuelita Eulalia: Dicen que es un lugar frío, allá vive mucha gente blanca y alta, gente con cabellos blancos, no como nosotros que tenemos el pelo negro. Tampoco hablan como nosotros. Dicen que no hay maíz  para comer pero que comen mucho pan y papa. Dicen que el maíz que hay es para las vacas, ¿Puedes creer eso? Ya sé que vas a estar bien, aunque sea pan y papa vas a poder comer. Ahora que te vayas, te llevas ropa que sea calientita para que no tengas frío”.

Tania Eulalia (sin saber que decir): Si, abuelita, dicen que es diferente, voy a estar bien, no se preocupe. ¿Cómo sabe cómo es allá?

Abuelita Eulalia: Es que vino una mujer con tu tío hace unos días, era una mujer blanca con pelo blanco, parece “gringa”, dice que es de por allá. Le pregunté cómo era allá y si hay de comer y que come la gente. 

La abuelita sonreía y Tania seguía sorprendida, entre contenta y triste, la abuela siempre pensando en todos.

Abuelita Eulalia: ¿Cuándo vas a volver? ¿Cuánto tiempo tardarás allá?

Tania Eulalia: Cuatro años abuelita, la escuela dura cuatro años pero si todo sale bien, regreso en un año y voy a pasar un tiempo en México y voy a venir más seguido a verla.

Abuelita Eulalia: Ahh muy bien, no creo poder esperarte cuatro años pero un año sí, ya estoy cansadita. 

La abuelita llamó a Tania a su habitación y abrió una cajita que tenía ahí, de ahí tomó dos rebozos y los puso en la cama…

Abuelita Eulalia: Bien, escoge un rebozo… quiero que te lleves un rebozo mío para que no olvides quién eres, de dónde vienes, para que no te olvides de nosotros y le cuentes a los de allá cómo vivimos aquí.

Tania sorprendia y agradecida, con todo el cariño del mundo, aceptó ese obsequio de la abuela. Y así siguieron charlando. La mujer gringa es una investigadora Alemana que visitó a la abuela para hacerle unas preguntas. La investigadora no hablaba Mixe pero un hijo de la abuelita Eulalia fue el interprete para que esta conversación se diera.

Hogar es donde está tu “ombliguito”

Hogar es donde está tu ombliguito

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Soy una romántica de mi tierra y mi pueblo. Aún tengo en la memoria los días vividos allá en las montañas, y muchas veces cuando me preguntan de dónde soy, tiendo a referir a mi pueblo en aquellos tiempos: sin calles “pavimentadas”, agua potable o drenaje, etcétera. Como yo, muchos jóvenes hemos buscando “nuestros sueños” fuera de casa, y ya estando fuera de casa “soñamos con volver a casa un día”. Así son las ironías de la vida…

Mi querida abuela, a quién recuerdo día con día, porque creo que por ella aprendí a vivir conmigo misma, a disfrutar el silencio, el amanecer, los atardeceres y la noche, y estar siempre en paz, siempre está en mi mente, y es a quién visito cada vez que puedo.

Una de mis hermanas, que me cuidó como una madre y siempre me protegió, recientemente “me ha hecho tía”. Creo que al inicio no entendía cómo es que pasa el tiempo. Lo último que recordaba de nosotras juntas era que nos “mecíamos en un sube y baja” cuando teníamos menos de 10 años. Hoy su vientre floreció y hay un nuevo miembro en la familia. Esta memoria vino a mi mente al ver una fotografía de Ian, mi guapo sobrino y sus pequeñas manos…

Mi abuela Eulalia me solía decir que cuando naces tu “ombliguito” debe ser enterrado en la tierra dónde has nacido, porque es a dónde debes volver alguna vez, y es a dónde perteneces realmente. Yo sé que para muchos puede sonar extraño o tonto, sobre todo en esta época que parece que todos pertenecen a todas partes y que nadie es de ningún sitio, pero para muchos de nosotros que como yo tienen una añoranza dolorosa por regresar a nuestra tierra sólo estamos esperando a volver a reconocernos con ellos (nuestros ombligos) en donde siempre hemos sido.

Eulalia me contó que un día soñó que alguien de la familia fallecía fuera del pueblo, y esa noticia le pareció desoladora. Pero más terrible aun fue saber que no podría volver a “donde su ombliguito”, y que no se cumpliría el ciclo de la vida. Eulalia, mi abuela, sentía el corazón pesado no sólo por la pérdida sino porque “no habría un cuerpo al que llorarle, llevarle flores, rezarle, o con quién platicar”. Pero sobre todo, porque no se reintegraría a la madre tierra como debería de ser, para cumplir su ciclo con el mundo, como nos enseñaron o lo hemos hecho por generaciones enteras en mi pueblo. Eulalia me preguntó si había visto a nuestro familiar, y le dije que sí, que estaba bien. Ella suspiró y sonrió: – Qué bueno que sólo fue un mal sueño.

Cuando vi las expresiones de Eulalia, y su llanto, comprendí a mi madre, su angustia por mí, estando lejos de la casa. Porque mi ombliguito fue enterrado en la tierra, mi pueblo, y porque así como pertenezco a este sitio, también ella me pertenece, y somos uno con mi padre y mis abuelos. Estando lejos siento mucha nostalgia. Salí siguiendo mis sueños, como muchos de mi generación han tenido que salir para buscar los suyos. Hay cosas que no se pueden remplazar. En mi memoria llevo día a día el fogón con una taza de café a donde me solía sentar con Eulalia a escuchar sus historias, o simplemente a disfrutar del silencio al pie de las llamas.