¿Y tu crees que eres muy diferente de mí?

Yo creo que sí somos diferentes, pero quizá no importa tanto qué tan distintos somos. Lo que importa es si tú y yo somos capaces de compartir nuestras vidas, aún con esas diferencias latentes, saber sí podemos ayudarnos unos a otros. ¿Alguna vez has sentido que los demás, a quienes tienes alrededor, no están contentos con quién eres, con cómo te vistes, la manera en que hablas, lo que piensas, la forma en que actúas? Te cuento que yo, en verdad, lo he sentido muchas veces. Así de simple.

Haber nacido mujer fue quizá fue el comienzo de todo. Espera, no es un drama millenial de una feminista, es una verdad que siempre he vivido. Mi madre, una mujer indígena con algunos estudios, aunque sé lo mucho que me ama, siempre quiso tener un hijo varón. Pensaba que mi papá, otro indígena con estudios, dejaría de ser un hombre alcohólico, violento y una “mariposa de mil flores”, si algún día ella podía darle un varón con sus entrañas. Mi papá añoraba tener un varón, y de alguna manera cultivó en mí lo que normalmente se cultivaría en un hombre. El trato con mi hermana era distinto, ambas lo sabíamos.  Cuando convenía, yo era tratada como un niño y cuando no como “solo una mujer”.

Mi hermana decía que yo no debía chiflar porque parecía “marimacha”, lo recuerdo. Mis compañeras de primaria en el pueblo se burlaban de mí porque no me gustaba “vestirme como se supone que una mujer debía vestirse, con vestidos o faldas”. En mi casa cultivaron la idea de que los hombres eran más inteligentes que las mujeres, entonces mi forma de defenderme era decir: “yo soy muy inteligente, aunque sea mujer. Yo soy diferente”. Como si ser mujer y ser inteligente fueran aspectos aislados o algo excepcional; por fortuna, después supe que no era ni lo uno ni lo otro, y que ha habido, y hay, muchas mujeres que han contribuido tanto a la humanidad como los hombres. Odiaba ”las cosas de mujeres” como “cocinar, lavar, limpiar la casa”, y prefería “instalar el tanque de gas, jugar con las herramientas de papá”. Las mujeres que “aceptaban” esos roles me disgustaban, ya que muchos de ellos tenían que ver con la violencia de género que era tan normalizada y yo detestaba; entonces no era violencia de género, sino violencia, opresión, inferioridad. Si me preguntas que sentía, no sabría decirte con exactitud que, solo sé que era confuso.

En fin, las cosas continuaron siendo de la misma manera  hasta cuando llegué a la universidad. Era tan común que a las mujeres se nos “cosificara”, que nos hicieran sentir que nuestros cuerpos y apariencia eran el único atributo de nuestra existencia, que yo volvía a utilizar “mi inteligencia” para integrarme con mis compañeros, para ser alguien que se pudiera sentar en las mismas mesas a hablar como iguales. Incluso pienso que mi forma de demostrar esa inteligencia comparable fue hasta desesperada, ridícula. No es fácil de superar. Al caminar como una sola persona, y no entre mis iguales, mujeres, me enfrenté a una soledad molesta. Alguna vez, ya trabajando, en una comunidad a la que llegamos a hacer algunas acciones, alguien me dijo: “¿Por qué le hablas de tu al ingeniero? Vete a la cocina”. Mi colega respondió: “ella en ingeniera también”. Aunque no lo hubiera sido, ¿Por qué no podría ocupar un espacio que yo deseo?, o hablar con una persona si era algo que tenía que hacer, o incluso, y aunque lo agradezco, ¿por qué necesitaba que alguien validará por mí lo que soy?

En otra ocasión, otro colega me dijo: “a ver, quiero hablar con el ingeniero, no con la secretaria”. Mi jefe en ese tiempo dijo: “Dile que eres la ingeniera. Si no está conforme, tiene que platicar contigo, porque eres la coordinadora. Tú háblale fuerte y defiende tu lugar”. De nuevo una figura de autoridad. Ocupar los espacios que deseo siempre han venido con un continuo “empujar y luchar”. Por fortuna también he tenido mucha ayuda. Sin embargo, haciendo la reflexión, confieso que estas luchas muchas veces las hacemos de manera individual. Muchos hombres se volvieron mis aliados en los procesos, grandes amigos que me miraban a los ojos y que me hablaban con la soltura de quien tiene a un igual a su lado. Una de las cosas que más he lamentado es que entre mujeres no he tenido un apoyo tan fuerte, que no seamos una fuerza unida. Claro que hay mujeres, fuertes, respetadas, poderosas, que también me han socorrido, enseñado, empujado. Mujeres únicas, como yo, solas, que tampoco estaban conformes con lo que aprendieron de niña; y aunque quizá jamás logré lo que ellas, agradezco conocerlas.

Dice un amigo que mi piel está hecha “de cacao”. Yo le digo que no, que en todo caso de maíz azulito, como mi corazón y mis raíces. Cuando Tania Eulalia tenía cuatro años, un tío frecuentemente le decía “Negra, ¿cómo estás?”. La pequeña un día se cansó y le dijo: “Sí tú, güero”, como retándolo a cambiar el tono y la intención de su mensaje (no porque ser de color sea malo). Esta fue sólo la primera vez que alguien la hizo menos por su color de piel. Hoy pienso cada vez que me veo al espejo, viviendo en un país blanco de gente mucho más alta, que qué fortuna es tener estas características. Me recuerda de dónde soy, como diría mi abuela, y ese pasado glorioso que cada parte de mí representa. Además, incluso aquí puedo abusar de la “exoticidad”, si así quieren verlo.

“¿Por qué hablo diferente que los demás? ¿Por qué los demás se burlan de mi acento y como hablo?” Esas eran las preguntas que venían a mi mente cuando tenía 5 años y nos mudamos a la Ciudad de México. Yo hablaba como todas las personas en mi pueblo, con las mismas palabras, diciéndole igual a los objetos o animales. Los niños y niñas en la escuela me decían “pinche India tonta” porque no hablaba bien el español, y muchos días yo solo corría a buscar a mi hermana porque me sentía insegura. Hasta entonces no sabía que no hablaba bien el español. Es curioso, un amigo recientemente me preguntaba sobre estas memorias de infancia, y recuerdo que en el barrio dónde vivíamos había más gente de mi pueblo, pero mi generación intencionalmente no hablaba Mixe de manera cotidiana. Nuestros padres nos hablaban en español la mayor parte del tiempo, lo que no pasaba antes.  Algunas veces, cuando no queríamos que la gente nos entendiera hablamos Mixe, pero entre adultos, los chistes, las canciones, las conversaciones eran en Mixe. Entiendo que ellos sufrieron la misma discriminación y quisieron evitar eso para nosotros. Cuando en 1996 regresé a mi tierra renegué de mis raíces, y muchas veces me reusé a utilizar el idioma de mi infancia si no era necesario. Hoy siento vergüenza por haber renegado de eso, pero hacemos estupideces por ser inmaduros cuando somos niños. Quería formar parte de ese mundo que estaba afuera, y no de las calles polvosas que me vieron crecer y donde mi ombliguito fue enterrado.

Afortunadamente mi abuela, varios amigos y familiares solo hablaban Mixe, lo que me obligó a reaprender el idioma. Me tomó unos años, demasiados, valorar esta parte de mí. Con el tiempo uno madura y reflexiona. Hoy sé que desaproveché esos años en las montañas, ya que si hablaba mal español, ahora medio pronuncio el Mixe, algo que los niños de tierna edad no harían con tantos errores. En mi lista de tareas está re-aprender a hablar el Mixe, mi idioma, y aprender a escribirlo y leerlo. Es cursi, pero se dice que la lengua natal es como la madre. Entonces, siguiendo la metáfora, yo le di la espalda a mi propia madre y sentí vergüenza de ella. Esa es una forma de vergüenza que muchos de ustedes no podrán imaginar nunca, porque no es como sentirse feo o saber que eres más pobre que otros, sino que sientes que tienes algo mal por dentro y llegas a detestarlo y a quienes son como tú por “contaminarte”. Mi abuela y la familia, sabiendo, o resignándose ya después de mis estudios, que hoy soy una trotamundos, me halagan. Saben que he cambiado, que salí a ver otro mundo, y que yo soy parte de eso que está fuera de casa, pero me aman como uno de ellos, aunque siempre queda esa latencia del exilio que me ha hecho la mujer que soy hoy día. Cuando converso con ellos en Mixe, que no es el mejor, con un ”hermanita ¿cómo has estado?”, con sus tonos e implicaciones expresivas, me alegra el alma, y me alegra más la paciencia que tienen para escucharme decir lo más simple de forma desastrosa. Hoy voy al bosque y le hablo a la tierra y mi abuela en Mixe, hablo con mi madre al teléfono en Mixe, para que me alegre el alma. Espero que algún día ellas tres me perdonen la estúpida idea que tuve de sentir vergüenza por lo que soy.

Luego quise entrar al complejo mundo de la academia. Tuve que aprender inglés. Un día estaba con un grupo de investigadores y un cuerpo diplomático, quienes oían atentos a lo que decía.  Me gustaría decir que lo que yo decía era importante, pero sé que había mucho de morbo al escuchar a la mujer indígena que ha hecho un camino en la academia y que tiene “fama de ser brillante”; como si los circos de fenómenos del siglo antepasado no hubieran llegado a un fin. Al final de la sesión me dijeron: “ay, que bueno y fluido es tu inglés, no tienes acento. Pensamos que sería malo. Lo hablas muy bien”, ya que por sí mismo era un logro. Dentro de la academia hay gente que critica con frecuencia qué hago estudiando temas de política pública agrícola o política del conocimiento e investigación. No sabía que eran temas tan rezagados en el mundo, ya que no comemos más o tenemos supercomputadoras en todos nuestros procesos (es sarcasmo para quienes no leen entre líneas). En algún congreso un “antropólogo emérito” me dijo: “¿Qué haces estudiando esto?, ve y documenta tu cultura. Esto déjaselo a otra gente”. Yo pensé: “y se supone que somos nosotros los que hablamos de un México inclusivo. Qué contradicciones”. Evidentemente, si eres indígena o mujer, deberías estar trabajando en cosas que competen a los indígenas o las mujeres, ya que la ciencia también tiene su cocina, o su cuarto de lavado, y yo misma era una provocación al orden natural de las buenas conciencias de esas nobles y superiores personas que saben lo mal que está el mundo (aclaro el sarcasmo si aún no es claro). Estas han sido expresiones tan comunes que, más que enojarme, tomo con gracia.

Sin embargo, también confieso que yo he discriminado. Soy muy celosa de mis temas de trabajo y mi identidad. Cuando veo antropólogos extranjeros, gente de las ciudades trabajando con comunidades o hablando de un “romance sobre lo que ser indígena es, tradicional, etcétera”, mi primera reacción es: “¿Y tú qué haces aquí?, ¿Qué quieres?, ¿Qué sabes de nosotros y nuestras realidades?”. Al final pienso nuevamente esto y en mis propios romances, y procuro ser más abierta. Otra forma común es esa obsesión de mencionar a unas carreras académicas o profesiones como mejores o peores, casi como pilares de la sociedad moderna que dieran sustento a los incapaces que habían estudiado otras cosas. Como ingeniera, y practicante de la matemática, solía decir “esos de ciencias sociales son unos flojos”, por ser amable con la memoria, antes de despreciar lo que hacían por ser tan poco científico. Ahora me dedico a las ciencias sociales. La vida tiene sus chistes. En términos de otras profesiones creo que procuro respetar a las personas. Mi madre fue empleada de casa muchos años, o como es más común decir: “la criada”, la “maría” (en minúsculas, porque). Mi padre ha sido también taxista, panadero, campesino. Ambos tienen estudios de normal, por lo que son profesores, aun cuando ya no ejerzan. Mi hermana cantaba en una banda (música), tengo primos que son músicos, tengo tías campesinas, maestras, taqueros, doctoras, etcétera. Al final no creo que uno sea peor o mejor que otro, pero nosotros mismos nos obsesionamos en buscar diferencias para probar que somos mejores.  Otra forma común que tengo de discriminar es mi inhabilidad de valorar todas las opiniones, ya que tiendo a ser “prejuiciosa” y testaruda. Nuevamente, yo misma proclamo el respeto a la diversidad, y más de una vez he dicho “tú no viviste esto, tú no tienes idea de lo que eso significa, tú no entiendes lo que queremos y la forma en cómo cambiamos, tú no entiendes nuestras aspiraciones”, y vuelve a ser el cuento de “no te quiero porque eres diferente a mí”, pero con ese orgullo clasista de pertenecer a lo que el otro no. Sus opiniones no valen porque no me place, porque lo justifico al ser diferente, y niego que lo que es o ha aprendido tenga valor. Eso es de lo que hablamos cuando discriminamos al alguien.

¿Cómo debe verse una mujer indígena? En un evento esperaban por mí, y un organizador me dijo: “¿Tú eres Tania? Te estábamos esperando. No me lo tomes a mal, pero te imaginaba más gordita, más morena, más mal vestida. Tú sabes, como los indígenas”. Pelear no tenía sentido. Me pueden juzgar por la cantidad de veces que he callado, pero creo que hay batallas que vale la pena pelear de manera estratégica y otras simplemente no merecen el esfuerzo. Nunca he sido delgada, y confieso que muchos años de la vida mi cuerpo me tenía acomplejada. Varias veces desde la infancia me hacían bullying que si porque mis piernas o caderas eran muy grandes, que por mi complexión media, por mi altura, etcétera. Hoy en día me quiero a mi misma, como soy. Lo importante para mí es estar saludable, y procuro tener una vida balanceada. A mí me encanta vestir con mis huipiles y blusas hechas a mano, ya que muchas son un obsequio como mi amiga Rosita de Chiapas que me tejió una con sus propias manos. Más de una vez la gente me ve “de arriba abajo”, y lo único que hago es sonreír y caminar con la frente en alto porque me siento orgullosa de quién soy y de vestir como yo quiera. Otras veces más me podrás ver con un vestido corto y zapatillas o unos jeans y botas de campo. Al final es mi cuerpo y soy yo quien decide sobre él, no otros. Ojalá un día la industria de la moda se fije en nosotros y no nos diga lo que podemos usar o no, ya que me tiene tan confundida andar por la vida eligiendo lo que yo quiero. Ojalá que sí, para que me puedan reconocer por mis modos o vestimentas y no se defrauden las personas al encontrar a una persona independiente.

La gente tiende a verme de manera distinta si les digo que estudié en Chapingo a que si digo estudié en el extranjero. No veo porque habríamos de hacer diferencias por algo como esto, ¿no crees? Esto se relaciona de alguna manera con la clase social. Desde que estaba en la preparatoria he trabajado y he estudiado. Mi vida fue como la de muchos jóvenes o quizá aún más privilegiada, lo admito, ya que muchos años solo tenía un par de zapatos que había que reparar para que duraran lo que más se pudiera; la ropa igual y no me avergüenza. Varios pensarán que mudarse al extranjero es fácil. Puedo contar por mi historia y la de muchos de mis amigos, que muchos trabajamos y estudiamos para costear nuestros estudios. Algunos amigos cuentan que asistían a una conferencia por día para aprender, pero también comer, porque daban comida en los eventos y no tenían “lana para pagar su comida”. Otro más limpiaba carros o trabajaban de meseros, etcétera. De estos amigos siempre he recibido solidaridad.

Podría citar muchos ejemplos más sobre porque me han rechazado, ya sean temas relacionados a la diversidad sexual, a ser soltera o el derecho a decidir sobre mi cuerpo, por mi religión o perfil cultural, por mis estudios, por mis ideas, por mis amigos, por mis bebidas, e incluso por la manera de tomar un taco. Sobran razones para juzgar a alguien. ¿Alguna vez te han prohibido la entrada a algún sitio, o no te han dirigido la palabra por tu apariencia, preferencia sexual, religión, color de piel, por no militar en un partido político o ideología, por gustar o no de una actividad social o deportiva? Suena ridículo, lo sé. Y ¿tú lo haz hecho?, ¿te has sentido orgulloso de eso?.

Te conté algunas de mis experiencias, que en su momento, cuando era más joven y tonta, me afectaban. Ahora creo que soy una mujer fuerte, y mi fortaleza se compensó por otras personas que más allá de ver las diferencias como algo malo, me apoyaron y fueron solidarias y me han ayudado a construir mis sueños, o que alzaron la voz para mostrar su descontento. Desde la señora que a los 7 años me invitaba a su casa a comer como si fuera su hija y no me dejaba ir a la escuela con la panza vacía, las personas que me regalaban ropa en el tianguis en Santo Domingo, Coyoacán, la amiga que le pidió a su mamá que le reparara la costura a mi ropa, los amigos que me apoyaron económicamente cuando no tenía dinero para la renta o la comida, aquellos que han compartido un plato de comida y techo para ayudarme a ahorrar, el supervisor que me pagó la colegiatura en la maestría, y más allá de lo material, la gran cantidad de amigos que me han ofrecido una mano, un consejo, un abrazo, que me han defendido y me han dado un mensaje de aliento cuando siento que trotar en este mundo es complicado y me siento sola. Eso es lo que me ha hecho privilegiada. Yo creo que he tratado de apoyar también cuando he podido a algun@s en situaciones parecidas, pero que no acabo de comprender al no saber toda su historia, al no saber lo que se siente vivir así. Soy un ser humano y tengo días buenos y malos. He aprendido a madurar con el tiempo, espero, y si un día en tu cruzar conmigo te he lastimado o discriminado, te pido que me disculpes, te prometo que haré lo posible porque no suceda otra vez. A ti que me has tendido la mano de mil maneras, gracias, y por favor, sigue siendo esa persona noble y solidaria, necesitamos muchos más como tú.

¿A que quiero llegar con esto? ¿Te imaginas que podríamos hacer si más allá de buscar lo que nos hace diferente y lastimarnos o dividirnos por ello, nos ayudamos a construir un México justo? Que puede no gustarme el mismo sabor de helado que a ti, puede gustarme los corridos y a ti el reggaetón, que puedo irle a la cruz azul y tú a los pumas, o que yo voté por un candidato o partido diferente al que tú en las elecciones pasadas, que puedo tener celos por lo que eres y tienes, o al revés. La única forma de salir adelante es haciendo el cambio nosotros mismos. No te quiero dar una lección de moral porque creo que no tengo derecho de hacerlo, como ya sabrás por lo poco que te cuento, pero si me lees y te identificas, espero compartas mi mensaje. Sí, estamos cansados de las injusticias, pero solo juntos podemos construir un México diferente, ¿Podemos trabajar juntos por lo menos respetando que puedo ser diferente que tú, y yo que té eres diferente qué yo?

 

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